El cuerpo del delito

El reflujo del crédito acaba con la cirugía estética a bajo coste y deja su propia escuela de afectados

En la película Quemar después de leer, Frances McDormand interpreta el papel de una empleada de gimnasio hipocondríaca que, junto a su compañero de trabajo, interpretado por Brad Pitt, idean cómo hacerle chantaje a un ex alto cargo del Gobierno para hacerse con algo de dinero. Él quiere el dinero para viajar. Ella está obsesionada con hacerse unas nalgas nuevas. Piensa que tiene el trasero demasiado caído y concluye que esa operación es lo único que puede acabar con su vida de soledad.

Modificar partes del cuerpo para sentirse mejor, o más cerca del ideal que uno tiene de belleza, es un sueño compartido por muchas mujeres, y hombres, que los avances de la tecnología médica han puesto a su alcance de manera rápida. Muy extendida en los Estados Unidos y más celebrada todavía en los países latinoamericanos, la cirugía estética se extendió en España como una marea en los años de la burbuja. Conseguir unos pechos más grandes, un vientre más liso o unos pectorales más firmes, pasó a hacerse un hueco en la agenda vital de las clases populares. En línea con el apartamento en Marina d’Or, la escapada a Cancún o el coche tuneado.

Operaciones que hasta entonces estaban sólo al alcance de los más favorecidos se pusieron a tiro gracias al mecanismo mágico del crédito. Ahora, del mismo modo que existen asociaciones de afectados por la compra de preferentes, de hipotecas, o por el cierre de academias de idiomas, hay también asociaciones de afectados por el cierre de algunas de estas clínicas.

Esta semana ha trascendido el cierre de la más popular de esas empresas, Corporación Dermoestética. Ha bastado con que las condiciones financieras se complicaran para que la compañía anunciara el fin de sus actividades. Y también de las expectativas de personas que avanzaron dinero para su operación, en muchos casos a través de crédito.

No se me ocurre nada peor que perder la vivienda. Algo menos que te estafen con un producto bancario. Debe ser más soportable perder el curso de inglés que se pagó por adelantado. Quedarse entrampado en una de esas clínicas es un drama más subjetivo. Pero ahí está, como otro elemento más en el largo reflujo de la marea crediticia.

La economía digital lo puede hoy casi todo. Excepto construir casas o elaborar comida (aunque todo llegará). Tampoco fabrica piezas a medida para el cuerpo de las personas. Pero sí promete maravillas en materia de control de la salud. Estas Navidades han irrumpido en el mercado multitud de aparatos que permiten vigilar algunos de esos parámetros. La economía digital ha conseguido que miremos el móvil o la tableta quinientas veces al día. Ahora nos acostumbrará a medir la salud de forma obsesiva.

Los nuevos gadgets nos harán más hipocondríacos. Pero por lo menos no nos dejarán tirados a mitad de tratamiento.

(Publicado en La Vanguardia el 17 de enero de 2015)

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