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No hay peor riesgo que el que alguien asume por no tener otra opción

La noche que llegué a París, el mal tiempo obligó al vuelo procedente de Barcelona a cambiar de aeropuerto. De Orly a Charles de Gaulle y con más de hora y media de retraso. Pero allí estaba él. Con pinta de no haber dormido desde hacía días, pero puntual. Media hora después ya estábamos en el hotel. A mitad de precio que un taxi normal y más rápido. De regreso ocurrió exactamente lo mismo. El conductor era esta vez un joven espigado, un iPhone en cada mano y un gran parecido a Will Smith. Y como si fuera el mismo actor en una de esas películas de acción, nos metió a más de 130 kilómetros en el periférico de París sorteando toda clase de obstáculos. Me acordé de su su madre. De la mía. Pensé que él tenía tanta prisa o más que yo en llegar a sitio. Y me pregunté -no lo había hecho cuando contraté el servicio por internet- si estaría asegurado y en qué condiciones legales se encontraba el bólido que llevaba entre manos.
De regreso en Barcelona, tomé un taxi. Uber acababa de suspender temporalmente sus servicios en todo el estado. Pero eso no había mejorado el humor del taxista. Me advirtió que preparan ya un gran paro los días del Mobile World Congress si no se prohíben por decreto esa clase de servicios (que él cuantificó sin pensarlo en el 20% de los recorridos que efectúa el sector).
-Lo habrán suspendido -dijo enfurruñado al despedirse-, pero ayer casi me engancho con uno de ellos al que pillé trabajando…
Uber, como Airbnb u otros servicios de la economía colaborativa funcionan al poner en contacto activos infrautilizados (un coche, una vivienda, la capacidad de una persona para cocinar o traducir…) con alguien que los demanda. Y a un precio más competitivo. Hasta ahí, todo bien. Se ajusta a ese mundo que la tecnología ha facilitado (un servicio a la demanda cuándo y dónde se le requiere) y con ese espíritu de flexibilidad que actúa como modelo en toda clase de mercados.
Olvídense ahora de la cuestión fiscal y en cómo quedarán los sectores que (como el taxi) son hoy objeto de ataque de parte de ese modelo de negocio llegado de San Francisco. Piensen sólo en las relaciones laborales que rigen esas empresas. Aunque llamarlas empresas puede ser exagerado. Los que prestan sus servicios en esas plataformas son (en el mejor de los casos), autónomos, freelances, en el lenguaje global. Las plataformas obtienen un pequeño porcentaje de la transacción. Pero sus obligaciones para con “sus empleados” son mínimas. Casi cero. Tan frágiles que dudo que se sostengan en ningún tribunal.
Sin embargo, Uber, como Airbnb, baten récords en bolsa. La economía colaborativa arrasa. Porque “colaborar” está bien. Suena bien. Pero sobre todo porque en unas sociedades aquejadas de desempleo crónico en las que pocos confían ya en la capacidad de los gobiernos para solucionarlo, esa es cada vez más la puerta de acceso al trabajo. De qué tipo de trabajo se trata, ya es otra cosa. Arriesgarse (ser empresario de uno mismo) está en el vocabulario del buen emprendedor. Pero no hay peor riesgo que el que uno asume por necesidad.
(Publicado en La Vanguardia el 3 de enero de 2015)
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