Un país de pasajeros

Están las necesidades de la economía productiva. Y están las ganas de

inaugurar estaciones de Ave.

El Gobierno ya tiene a punto el reglamento que desarrolla la entrada de un operador privado en el corredor mediterráneo del Ave. La alta velocidad empieza su liberalización controlada. Pese a los recortes presupuestarios que ha conllevado la crisis. Pese a que durante cinco años se han sucedido informaciones periodísticas con sentido común sobre los excesos que ha supuesto la apuesta española por la alta velocidad. Es decir, toda esa fe en levantar líneas férreas que consumen toda clase de recursos en trayectos de escasa demanda. A pesar de eso, el Ave les mola.

Gente mucho más formada ha escrito sobre la visión que subyace en la apuesta de los gobiernos españoles por el Ave, sean del PSOE o del PP. Lo ven como una forma de justicia histórica y territorial, el requisito mínimo a que puede aspirar toda capital de provincias para ingresar en la modernidad.

A los turistas les impresiona el Ave. Y tienen razón, no hay color. La grande “Vitesse Fançaise” es una birria al lado de la Velocidad Española. Puede que ese sea el único argumento económico que justifica la existencia del Ave: su contribución al turismo. Porque, se mire por donde se mire, el Ave es un lujo, no hay otra razón económica que lo sostenga. El Ave ha hecho de España un país de pasajeros. De pasajeros un tanto peculiares. La última vez que fui en Ave, pedí un zumo de naranja en catalán y me respondieron amablemente en inglés (la azafata no había detectado mi procedencia pese a que acabábamos de arrancar hacía diez minutos de esa zona cero de la civilización que es la estación de Sants en Barcelona). Pero eso son anécdotas. Es la manera de “ganarse los corazones y las mentes” de la gente, que dirían algunos.

Somos un país de pasajeros. Pero pronto lo tendremos complicado para pagarnos tanto lujo. Porque mientras la red balnearia se extiende como una tela de araña, el transporte de mercancías por ferrocarril -el más moderno y eficiente sistema de transporte- languidece. El Corredor Mediterráneo, ese corredor natural en el que algún día un empresario almeriense, murciano o valenciano debía facturar un palet con mercancías para su entrega directa en Lyon o en Amberes, sigue tan lejos como lo estaba hace una década.

Es la manera que tienen los gobiernos españoles de ver la política de transportes. Está la economía productiva, la de las empresas que quieren exportar por un lado. Y luego está ese afán ministerial por inaugurar estaciones de Ave. Todavía. Esta misma semana, la ministra de Fomento, Ana Pastor, anunciaba que las obras de conexión viaria del Puerto de Barcelona iban a empezar la primera semana de diciembre e iban a durar cuarenta meses. ¡Cuarenta meses! ¡Con la que está cayendo! De la conexión ferroviaria, sin embargo, no dijo nada.

(Publicado en La Vanguardia el 22 de diciembre de 2014)

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