Falta de empatía

La falta de empatía hacia los administrados lleva a cometer errores y a la proliferación

de accidentes

Uno de los argumentos recurrentes de los informes que bancos de inversión, consultoras y agencias de calificación elaboran sobre lo que ocurre en Catalunya es el convencimiento de que, tarde o temprano, todo acabará en un pacto del que saldrán beneficiadas ambas partes. La parte catalana porque verá satisfechas algunas de sus aspiraciones. La parte española porque, para que el conjunto funcione, necesita de la estabilidad de su primera zona económica.

Ustedes pensarán que no hacen falta grandes análisis para llegar a esa conclusión. Es de sentido común que los desenlaces, sean divorcios o reconciliaciones, siempre resultan mejor si son asumidos por las partes y no se perciben como imposiciones. Al fin y al cabo ese pacto es lo que más desean los mercados, para los que la estabilidad es el valor supremo. El problema es que todos esos diagnósticos -conlleven o no mucha prospectiva y mucha matemática- presuponen que los actores en juego se comportan racionalmente. Pero no.

Una de las partes irá a votar este domingo. A votar o a concentrarse delante de los colegios. Habrá discusión sobre el recuento. Pero ya saben que serán multitud. La última encuesta del CEO revelaba que la razón principal (42%) por la que una parte importante de la población catalana quiere la independencia es la actitud y los comentarios del Gobierno central hacia Catalunya. Y ya se pueden imaginar: no hay mejor motor para la acción que la indignación y la respuesta a lo que se siente como menosprecio,

En el Madrid que decide, el problema es de percepción. Se ha construido una imagen tan distorsionada de lo que ocurre en Catalunya que le deja desarmado para tomar cualquier tipo de decisión. El distanciamiento es de tal magnitud que despoja al poder de la más mínima empatía hacia una zona en la que gobierna. La empatía permite que uno pueda convencer al otro de lo que dice y hace. Evita confundir deseos con realidades. Y facilita el análisis de las situaciones.

El caso de Catalunya no es el único en el que esa confusión se produce. Ocurre también con la percepción de la situación económica. Una cosa es que los indicadores muestren una mejora. Otra muy distinta es conjugar un discurso triunfalista con porcentajes de paro superiores al 20% y unos niveles de corrupción que abrazan al arco político mayoritario.

El resultado de esa incapacidad para leer bien las cosas, es Podemos. Podemos es la gran caja negra de la política española, un partido que se alimenta de la indignación social y de una desigualdad que ha crecido con la crisis. Puede parecer un accidente, pero según como se mire, era también algo previsible.

La política española avanza siempre a empellones. La catalana, también. El Estatut de Catalunya nació en pleno shock por la muerte de Franco. El de Núria, de la efervescencia republicana. Habrá que ver, pues, qué nos depara el 10-N.

(Publicado el 8 de noviembre en La Vanguardia)

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