¿El mal español?

En este país ha corrido demasiado dinero suelto como para no dejar rastro

“¿Se ha fijado usted en que casi no hay constructoras extranjeras que operen en España? ¿Sabe por qué?” El constructor se queda en silencio y responde teatralmente: “Por dos razones. Porque están cansados de la política de dumping de precios que practican los grandes constructores españoles, y porque éste es un mercado tan protegido que les es imposible acceder si no pagan”. La primera razón era conocida. La segunda también, pero es relevante, porque explica en parte la reciente eclosión de casos de corrupción donde políticos, constructores intermediarios de todo tipo aparecen de la mano.

El país está perplejo. La gente pensaba que dormía en Berlín pero se ha despertado en Nápoles. Se aventuran muchos factores y todos explican en parte lo que está ocurriendo. Algunos son culturales: “Ya nos gustaría ser nórdicos, pero somos así. Nosotros y los latinoamericanos”. Otros están relacionados con la transparencia de la administración. Otros más con la actitud de los jueces de la Audiencia Nacional. Antes se dedicaban al terrorismo. Ahora tienen que ocupar su tiempo con otras causas. Pero las explicaciones que más venden son las relativas al enorme peso de la construcción y el inmobiliario en la economía.

De entre los personajes que pululan en el mundo de la corrupción los más odiados son los políticos. Pero los más interesantes son los intermediarios. Intermediario no es sinónimo de comisionista. No obligatoriamente. Tampoco es alguien que practique una actividad ilegal. Son intermediarios los bancos de inversión, las consultoras y en general todos los individuos que encuentran una oportunidad y la ofrecen a un tercero. Esa intermediación está en el abecé de los negocios…

Imaginen ahora ustedes las paladas de dinero que llegaron a España a través de la banca en todo aquel periodo. Recuerden la riada de obras públicas encargadas por las administraciones. Y piensen en la enorme cantidad de oportunidades que se abrieron en un periodo de expansión urbanística sin precedentes. “Tanto, tanto, que lo que hace peculiar al caso español es la cantidad de gente que se metió en el negocio de la construcción sin tener ni dinero ni el más mínimo conocimiento del sector, pero con la papeleta de la oportunidad, con esa papeleta que le daba acceso a la decisión de una administración y le garantizaba una jubilación dorada” sigue el constructor.

Repasen los balances de las constructoras. Miren cuál era su tamaño en el 2000 y a dónde llegaron el 2008. Imaginen cuánto dinero pagado para comprar suelo, para pagar empleados, para construir la obra. Imaginen cuánto dinero pagado a intermediarios (legales o no). E imaginen toda esa caudal de dinero circulando suelto por un país… Demasiado dinero para no dejar rastro.

En economía llaman “mal holandés” a situaciones como la que vivió Holanda al descubrir grandes bolsas de hidrocarburos. Provocó una gran entrada de divisas, pero también el alza de la divisa y la pérdida de competitividad y de exportaciones. Puede que algún día los economistas acaben estudiando el “mal español”.

(Publicado en La Vanguardia el 1 de noviembre de 2014)

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