Mucho más descreídos

Veinticinco años después de caer el muro, el sueño capitalista global necesita algo más que un remiendo

La tarde del 9 de noviembre de hace veinticinco años, el muro que había dividido las dos Alemanias durante tres décadas, empezó a ceder a los golpes de maza de los más lanzados. En cuestión de minutos, riadas de alemanes orientales se aventuraron a entrar en la zona occidental para gastar los cuatro marcos que llevaban en el bolsillo y conocer de cerca el paraíso capitalista.

La caída del muro de Berlín, en 1989, suele utilizarse para ilustrar el fin de la guerra fría, el principio del final de la Unión Soviética, el cénit de la hegemonía americana y del dólar y la difusión del capitalismo a las zonas más remotas del planeta. La poderosa imagen de los alemanes orientales huyendo de un país en bancarrota era la mejor metáfora de aquel capitalismo triunfante.

No fueron sólo 16 millones de alemanes orientales los que escaparon del colapso. Centenares de millones de personas salieron también del armario del socialismo para ingresar en el mercado de trabajo global. De golpe, la fuerza de trabajo se dobló y la formidable expansión del comercio hizo el resto.

Thomas Friedman, el articulista del New York Times, no escribió The World is Flat hasta el 2005, pero ya antes que él lo redactara se intuía que el mundo era un único campo de juego en el que había sitio para todos. Los pobres se dedicaban a fabricar y a inundar a los ricos de bienes de consumo baratos. Los ciudadanos de los países ricos (España estaba en ese segundo bloque) podían dedicarse al diseño, a investigar y a vender patentes. La izquierda se perdía y los intelectuales saludaban el fin de los bloques con un ¡Viva la complejidad!

Ha pasado un cuarto de siglo y el fulgor de aquel capitalismo global parece ahora poco más que un instante. El libre comercio gastó sus últimas fuerzas este verano, cuando Putin invadió parte de Ucrania y acabó con el dividendo de la paz. Muchos de los economistas que garantizaban el “win win” del nuevo escenario vuelven ahora sobre sus pasos y dicen que quizás no, que quizás no todo el mundo gana con esto…

Veinticinco años después se comprueba que el motor de aquellas promesas estaba hecho en parte de crédito barato y de deuda. Se constata que los bancos centrales no tienen otra política para salir del paso que regalar liquidez a la banca para que nos lleve de una burbuja a otra. Y se descubre en según qué países (sin ir más lejos) un nivel de corrupción jamás vista, o al menos jamás percibida. La hegemonía americana, finalmente, se las tiene que ver con una contestación islámica más compleja y poderosa de lo que nunca pudieron imaginar.

La caída del Muro de Berlín acabó con la idea de comunismo. Pero estos veinticinco años nos han hecho a todos más escépticos y mucho más descreídos. Y nos hacen desear que aquellos que gritaban ¡Viva la complejidad! no estuvieran en realidad gritando ¡Viva el caos!

(Publicado en La Vanguardia el 25 de octubre de 2014)

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