Retrato de familia

Las sociedades modernas lo son porque saben mediar y suavizar los conflictos

Vuelvan a contemplar las imágenes. Primero la fotografía del perro, Excálibur. Ahí, tirado tranquilamente en el sofá, con esa mirada que sólo tienen los perros, tan dependientes como son de los hombres. Reténganla y fíjense ahora en las imágenes que ha grabado su propietario -el marido de la auxiliar de enfermería Teresa Romero- en las que aparece llorando y suplicando que alguien haga algo para salvar al perro. Faltan solo unas horas para que a Excálibur lo sacrifique una administración que ha llegado a la conclusión que eliminar al animal es lo único que puede hacer para hacer ver que hace algo (porque desde un punto de vista sanitario, la decisión no parece tener sentido). Completen todo esa exhibición de tristeza con la portada de un diario de difusión estatal que reproduce un primer plano de Teresa Romero en la que pretendidamente se auto-inculpa de haberse contagiado el virus del ébola. Como retrato de una familia devastada, no está mal. Como demostración de hasta dónde se puede llegar para eludir responsabilidades en la génesis de la primera gran crisis sanitaria española del siglo XXI, la verdad es que tampoco se queda corta.

Para el gobierno de España, la gestión del asunto del ébola –jalonada de toda clase de desaciertos– es algo más que una crisis sanitaria. Siembra dudas en el exterior sobre su capacidad para manejar un conflicto complejo (ya me dirán, en este contexto, dónde queda lo de la Marca España). Proyecta sospechas sobre un sistema sanitario que ha sido de lo mejor que se ha construido desde la llegada de la democracia. Y hace verosímil la hipótesis de que el estado español ha entrado en una fase de desagregación que está más allá de las previsibles efectos de una gran crisis económica. Observen la secuencia.

Primero, el desencuentro con Catalunya. Se conocen muy pocos casos en los que un sistema político, en el primer gran contratiempo social y económico a que se enfrenta. resuelve su angustia embistiendo contra una de sus sociedades más modernas y económicamente más dinámicas. Pero así ha sido, y el conflicto abierto con Catalunya no ha hecho más que acelerar la segunda fase de esta crisis, la institucional. La legitimidad de las instituciones judiciales era tolerablemente frágil hasta hace unos años. Pero tras la crisis del Estatut, el Constitucional ha entrado en una pendiente de descrédito que parece no tener fin. La reciente sentencia-relámpago sobre la consulta (anticipada días antes por el poder ejecutivo) ha colocado ese tribunal en una posición imposible.

Ahora llega el ébola. Justo cuando la corrupción que emerge del pasado inmobiliario y financiero, ha entrado en una fase de judicialización (hoy son las tarjetas opacas de Caja Madrid, mañana será otra cosa). Las sociedades modernas lo son porque tienen sistemas político-económicos en los que la mediación y la transacción gobiernan los conflictos. No parece que vaya a ser así en la crisis del ébola, con un gobierno más dispuesto a pelearse con la clase médica y sanitaria que a asumir sus errores. Y, sobre todo, a cargar sobre las espaldas de la familia de Teresa Romero, todos los males de este siglo.

(Publicado en La Vanguardia el 11 de octubre de 2014)

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