Los próximos 50 años

Hasta principios de los 70, las grandes empresas funcionaban como los ministerios y los “business plan” se parecían mucho más a los planes quinquenales soviéticos que a esas presentaciones tan originales de las start ups más juveniles. Pero llegó la primera crisis del petróleo. Y parapetadas tras ella estaban las empresas japonesas, que en la década de los 80 provocaban tanto o más miedo que el que iban a dar los chinos más tarde. De pronto el mundo se volvió más inestable, menos previsible. Las grandes corporaciones dejaron de parecerse a portaviones sin margen para maniobrar para convertirse en pequeños navíos preparados para sortear el oleaje y el mal tiempo. O eso o desaparecían.

La ciencia del management, que hasta entonces había sido una manera cara de hacer relaciones, de coleccionar el máximo número de tarjetas de presentación posible (entonces todavía no lo llamaban networking) y de sacarse un título, empezó a contar para las empresas.

Hay dos publicaciones que han actuado como referencia desde aquellos años. Una, la Harvard Business Review, nacida en el venerable entorno de ladrillo y hiedra de esa escuela bostoniana en la que se fraguó el estudio de casos concretos como método para enseñar a mandar. La otra, la McKinsey Quarterly, en la que trimestralmente los cerebros de esta consultora vuelcan todo lo que saben. La Quarterly nació en 1964, y para celebrar este medio siglo de vida han publicado un especial dedicado a por dónde va el mundo y a cuál será la función que les espera a los jefes y a todos aquellos que se quieren dedicar a la gestión.

Vale la pena leerlo.

El marco general que presentan para el próximo medio siglo apunta a más volatilidad y a la necesidad de tomar decisiones con más rapidez. Y tres son los vectores que condicionarán ese entorno. Uno, el envejecimiento: envejecerán las sociedades, Pero, claro, también lo harán los consumidores y también los empleados. El segundo vector es el ascenso de las economías emergentes, allí de donde surgirá la demanda futura. Para ello describen ejemplos de ciudades de nombre impronunciable que todavía hoy parecen aldeas sin urbanizar pero que en una década contarán con millones de personas dispuestas a gastar.
El tercer factor es la tecnología. De la tecnología se ha hablado tanto que desata toda clase de escepticismo. Pero las conclusiones de los McKinsey es que lo que estamos viendo (internet, conectividad, movilidad) va a acelerarse de forma vertiginosa. La inteligencia artificial va a penetrar de tal manera en la estructura productiva que los jefes perderán definitivamente toda el aura que pueda darles sus conocimientos técnicos. Su papel será desarrollar las funciones que las máquinas no sepan hacer: negociar, motivar a su equipo y decidir.
En los próximos cincuenta años, los jefes van a estar mucho más solos.

A los jefes le tocará hacer aquello que las máquinas todavía no saben:
negociar, motivar y decidir

(Publicado en La Vanguardia el 20 de septiembre de 2014)

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