¿Gendarme de Europa?

El virus secesionista avanza en Europa. Y algunos piensan que Alemania es el país llamado a actuar como cortafuegos

El aeropuerto de Berlín-Brandemburgo se proyectó en el 2006. Debía estar operativo en el 2011, pero lo más probable es que no lo esté antes del 2017. Y lo que es peor, la factura es de casi el doble de lo previsto. La broma le ha costado el cargo a Klaus Wowereit, el alcalde berlinés del SPD. Pero el fiasco del aeropuerto berlinés es uno entre la decena de grandes obras empantanadas en Alemania: el tren subterráneo de Leipzig, la Elbphilharmonie de Hamburgo, el plan 21 de Stuttgart o el metro de Colonia. En todos los casos los retrasos son importantes y los presupuestos iniciales, cortos.

Parece un contrasentido. Una de las economías con mayor capacidad tecnológica del planeta flaquea por las infraestructuras. Y eso se debe, en parte, al clima de austeridad que propaga el Gobierno de Angela Merkel. Los economistas dicen que algunas infraestructuras presentan ya signos de deterioro por bajo mantenimiento. Pero la canciller insiste en que la red de transportes alemana es una de las mejores del mundo. El mismo origen está detrás de los fiascos mencionados. Los presupuestos de esas obras están infracalculados deliberadamente para sortear las restricciones del Gobierno federal. Y ya se sabe, a los políticos locales, aquí como allí, les gusta dejar su nombre asociado a una gran obra.

Alemania crece, se hace fuerte y se ha quedado sola en el timón de Europa. Con Francia encallada y el Reino Unido en el diván por el asunto escocés, es la única economía que puede asumir un programa de grandes inversiones para tirar de los socios de la UE. Pero a Alemania le cuesta pensar como una gran potencia. Y le sobran responsabilidades. La última que le quieren asignar es convertirla en el anclaje continental, el muro ante el cual vendrán a morir todos los sueños disgregadores.

La prensa anglosajona, rapidísima para situarse en escenarios posibles, va estos días llena de reportajes sobre el virus secesionista. Perciben tensiones en Cerdeña, en el Tirol del Sur, en Flandes… Si en Escocia gana el sí, razonan, la presión para abandonar a los valones será insoportable. ¡Europa se desintegra!

Ustedes dirán que qué tienen que ver unos y otros. Qué tiene que ver el nacionalismo folklórico sardo con el separatismo hanseático de los flamencos o la inquietud de los germanohablantes de Italia. Probablemente poco. Ni en el furor secesionista ni en las ganas de irse de donde están. Pero tampoco tienen nada que ver los pobres y mimados escoceses con los más escaldados y ordenados catalanes (ya me dirán, si no, en qué parte del continente hay tanta capacidad de organización como en la de la mani del jueves). Y sin embargo, los mercados financieros vinculan ya el destino de ambos…

Marchitos el federalismo europeo, desolada su economía, sólo quedaría para algunos la cohesión bajo un orden alemán. Sin hacer distingos entre unos y otros. Ay.

 

(Publicado el 13 de septiembre de 2014 en La Vanguardia)

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