El defecto mariposa

Crisis financieras, epidemias… cuánto más integrado es el mundo, más complejo es y más altas las incertidumbres

Primero tomabas el tren hasta Manresa. Después, un autocar que seguía el curso del Llobregat y que paraba en todos los pueblos. Tardabas más de cuatro horas en llegar al Alt Berguedà, entonces una comarca minera. Era tan largo el trayecto y tan intenso el hedor de carbón (todo el mundo lo utilizaba para calentarse), que era cómo llegar a otro planeta. En cien kilómetros pasabas de los ambientes rurales y beatos del Bages a la más alta concentración del mundo de comecuras (nunca he vuelto a oír tacos tan bestias) y de contrabandistas en un país marcado por la proximidad de la frontera y la tradición obrera industrial.

Cuarenta años después, el mismo trayecto se hace en una hora. Ya no hay minas. No hay empresas. Está poco contaminado y hay gente que vive allí del tele-trabajo. Es gente que lee lo mismo que usted lee, que ve lo mismo que usted ve. El Alt Berguedà está, físicamente, tan lejos como lo estaba hace cuarenta años. Pero en realidad está aquí al lado.

Las comunicaciones y la tecnología han empequeñecido el mundo. Eso se percibe con la edad. Pero desde la caída del muro de Berlín en 1990, esa integración se ha acelerado vertiginosamente. Excepto para los que les ha tocado vivir en Corea del Norte, todo está, más o menos conectado y la transmisión de los acontecimientos de un rincón a otro del planeta es casi instantánea.

Ya conocen los ejemplos. Una tarde de agosto del 2007 la banca francesa BNP cierra un fondo que gestionaba en Nueva York hecho a partir de hipotecas baratas y días después prendía todo el sistema financiero mundial. Otro día, la población rusófona de Ucrania se levanta en armas contra Kíev y tres meses después los agricultores de Lleida tienen que echar a perder sus melocotones. No hace tanto, una epidemia de Ébola estalla en los confines de Liberia y días después el aeropuerto de tu ciudad te advierte que vigiles según qué síntomas.

Los últimos veinticinco años han sido buenos para muchas cosas. Mucha gente ha abandonado la pobreza y ha visto subir su esperanza de vida. El saber se ha difundido y se ha hecho más accesible. La integración es vista, en conjunto (dejando aparte aspectos como el calentamiento global o la pérdida de biodiversidad) como algo positivo. Los economistas firmarían. Pero los físicos son de otra opinión. Piensan que el mundo es mucho más inestable. Que hay un desnivel enorme entre los riesgos e incertidumbres y la capacidad de los gobiernos locales para hacerles frente. El argumento lo desarrolla un libro que acaba de publicar el exvicepresidente del Banco Mundial, Ian Goldin, “The Butterfly Defect” (El Defecto Mariposa, en referencia irónica a las pequeñas perturbaciones que se registran en un lugar remoto y que acaban llevando a una cascada de acontecimientos que amplifican su efecto).

El mundo se ha hecho más pequeño. Pero no por ello es más gobernable.

(Publicado en La Vanguardia el 23 de agosto de 2014)

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