Pobres nectarinas

De cómo la geopolítica entra en juego y las exportaciones pierden uno de sus mejores clientes

El auge de las exportaciones ha sido la mayor historia de éxito de la economía catalana en los últimos años. Un éxito que responde tanto a la envidiable capacidad de adaptación del tejido empresarial como al severo ajuste laboral practicado y a su habilidad para entrar en nuevos mercados. Ahora, cuando ese auge parece haber tocado techo, emerge otro factor que, no por conocido, había pasado menos desapercibido: la relativa bonanza geopolítica en la que ha tenido lugar ese proceso.

A mercados más abiertos, mayores oportunidades para los más pequeños. Esa verdad, reformulada en los últimos años (la última en el libro The size of the nations, de Alberto Alesina y Enrico Spolaore) explica la profunda fe en las virtudes de la globalización en la que ha vivido Catalunya en los últimos tiempos, y justifica algunos de los acontecimientos de la última década. Pero la geopolítica existe e interfiere en los mercados. A veces los efectos son ruidosos pero imperceptibles. Como cuando los agricultores franceses vuelcan los camiones de nectarinas que les llegan del sur. Pero en otras ocasiones, como ahora, cuando Vladímir Putin impone el veto a las exportaciones alimentarias comunitarias, se perciben con mucha más crudeza.

En una reciente entrevista, el filósofo Xavier Rubert de Ventós afirmaba que todo lo que no es Estado es incomprensible en el contexto internacional. No existe. En las fases en las que la globalización muestra sus límites esa sentencia cobra todavía más valor. Es cuando las empresas –las pymes, sobre todo– se sienten huérfanas allí donde navegan. En esos casos, la razón de Estado manda y la justicia universal parece desvanecerse. Recuerden cuando en el 2011 se acusó al inocente pepino murciano de una epidemia de E. coli en Alemania. Al final la culpa fue de la soja germinada. Pero no hubo piedad para los productores de pepino.

Algo de eso ha habido en los últimos días, en los que el sector agroalimentario ha visto cómo perdía de golpe el mercado ruso, uno de sus mejores clientes. Agricultores y ganaderos, se dediquen al pepino, al tomate, la nectarina o al porcino, tienen unos códigos de conducta que soliviantan a veces a la opinión pública. Una crisis en el campo es sinónimo de retenciones en las carreteras y de subvención encubierta. Pero se equivoca quien piense así. El campo no es el único sector en el que el mercado sufre distorsiones: también ocurre con la banca, la minería del carbón, el comercio, la automoción… En último término, hay que aprender de los franceses. Y el agroalimentario es hoy el tercer sector exportador catalán, del que dependen muchos empleos.

La estrecha relación del agroalimentario con un recurso como el agua, lo convierte además en estratégico. Y eso irá a más en los próximos años. California, octava economía agrícola mundial, pionera en muchas de las tendencias del sector, sufre ahora su tercer año de sequía. En consonancia, está arrancando naranjos y abandonando el maíz para sustituirlo por cultivos menos dependientes del agua. Aquí, de momento, se hace todo lo contrario. Se regala la alfalfa a los Emiratos Árabes o a China y no se sabe muy bien qué hacer con el canal Segarra-Garrigues.

Putin puede haber metido al mundo en una nueva posguerra fría. O no. Pero para sacar la cabeza en ese entorno lo primero que hay que hacer desde aquí es reconocer a los que hacen bien las cosas. Y compartir con ellos una estrategia.

(Publicado en La Vanguardia el 16 de agosto de 2014)

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