Bajos salarios, nostalgia de la inflación…

La producción industrial en la zona euro ha caído un inesperado 0,3% en junio. Portugal ha visto deslizarse el índice de precios al consumo hasta un 0,7% negativo y en Italia (donde la deuda pública alcanzó ayer un nuevo récord) la inflación ha caído al cero. La economía europea lleva meses coqueteando con la deflación, en opinión de los economistas del FMI. Pero tanto el Banco Central Europeo (BCE) como su hermano gruñón, el Bundesbank, rechazan que eso pueda ser posible. El banco que gobierna Mario Draghi, que tiene por misión velar por que los precios se mantengan en torno a un 2%, cierra los ojos y aprieta los dientes a la espera que la última inyección de liquidez a la banca (aprobada en el mes de junio) acabe este otoño por traducirse en más crédito de la banca a las empresas.

En el caso del banco alemán, la afirmación de que no habrá deflación obedece más a las pétreas convicciones de su presidente (Jens Weidmann se expresaba de ese modo en una entrevista a Le Monde) que a una desacomplejada lectura de las cifras.Y en esa estela se mueven la mayor parte de economistas y gobiernos: no hay deflación porque esta no afecta a todos los componentes del índice (sólo a la energía y a los salarios). La confusión, añaden, es cultural: la Europa del sur, acostumbrada durante años a la inflación, debe entender que ha entrado en una fase de precios estables.

Puede que sea cierto. Pero en la medida en que el modelo de competitividad alemana, basado en la contención y reducción de los costes laborales, prende en cada vez más economías, a uno le queda poca fe para imaginar que la demanda va a crecer y con ella se desencadenará la recuperación europea.

En el Reino Unido, con un Banco de Inglaterra que gobierna Mark Carney y con una cultura monetaria más próxima a la Fed americana, las cosas son algo diferentes. Allí la recuperación está en marcha y se crea empleo… pero los salarios también bajan (por primera vez desde el 2009, cuando la recesión) y los precios no suben. La respuesta a ese misterio está en el tipo de empleo que se crea: de baja calidad, peor pagado.

Con esos sueldos, créanme, ¡no hay quien cree inflación!.

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