Capital Caracas

Durante un largo periodo de tiempo, la izquierda europea se alimentó del imaginario latinoamericano -de la revolución cubana al Chile de Salvador Allende- para hacer más atractivo su discurso. Aquella época se acabó. En parte porque Latinoamérica entró en una fase de aparente estabilización e integración de las izquierdas insurreccionales. En parte también porque esa izquierda occidentalizó sus referencias (el ecologismo) y mayoritariamente se integró en el consenso capitalista.
 
Pero la dureza de la crisis, la corrupción, el deterioro institucional y el aumento de las desigualdades han reavivado esa fascinación. Podemos es un buen ejemplo de ello, fruto de la iniciativa de Pablo Iglesias, un hombre bregado en las tertulias de Intereconomía y la Sexta y de un grupo de politólogos que asesoraron a la Venezuela de Hugo Chávez. La referencia al estadista del chándal rojo es importante. A diferencia de otros grupos surgidos de experiencias territoriales o sectoriales (como la CUP o la coalición de Ada Colau), la fuerza de Podemos está en su retórica pegadiza, en su lenguaje categórico.
 
Dicho esto, la deriva latinoamericana no es patrimonio de la izquierda. Es el reflejo de algo más amplio y preocupante: la periódica tendencia española a “escapar” de las corrientes políticas y culturales hegemónicas en Europa. Del mismo modo que Podemos es hijo del crecimiento de las desigualdades, éstas lo son a su vez de la propensión de la derecha española a desentenderse de los consensos sociales básicos.
 
España comparte con Polonia una derecha política que no participó del consenso fundacional de la postguerra europea. Como la polaca, la derecha española ha sido siempre propensa a la deriva “atlántica”. Recuerden sino la presencia de José María Aznar en la famosa fotografía de las Azores, la que precedió a la participación en la guerra de Iraq.
 
La reforma fiscal que acaba de aprobar el Gobierno ofrece inquietantes señales en esta dirección. Modificará sólo levemente la estructura de los impuestos. Pero no garantiza que se alcance el déficit público a que se ha comprometido con Europa. Ni ofrece pistas para saber de dónde saldrán los 50.000 millones de euros en ahorros a que está obligado el Gobierno en tres años (según datos presentados por el gobernador del Banco de España, Luis María Linde). El resultado final será menos gasto social, menos estado del bienestar y más desigualdad.
 
La derecha tradicional europea puede llegar a ser irritante en el cultivo de ciertas virtudes (y más propensa a la dimisión que la política local). Pero sabe que esa ética, como la cohesión social, son la garantía de la estabilidad de sus sistemas políticos, base del modelo europeo.
 
Querer huir de esas reglas puede resultar atractivo a corto plazo. Pero puede ser el camino hacia una confrontación social que nadie desea.
 
(Publicado en La Vanguardia el 28 de junio de 2014)
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