Vender libros, vender pan

Cierran una librería y meses después, en el mismo local, abren un restaurante. Ha ocurrido en diferentes ocasiones y seguirá pasando. La última, Ancora y Delfín, libreria situada en la parte montaña de la Diagonal barcelonesa. Donde antes estaba la librería (hasta febrero de 2012) ahora abre un establecimiento de Le Pain Quotidien. El nombre de Ancora y Delfín es una composición que es casi un jeroglífico concebido en la Roma imperial. La librería estaba allí desde 1956. Con Le Pain Quotidien ocurre lo contrario. Parece un nombre escapado de un relato de Boris Vian. Pero es una cadena de restaurantes en los que mandan el pan, las ensaladas y lo orgánico en general.

La gente vive estos cambios con angustia. Cerrar una librería, en un país que ha amado los libros tanto como su lengua, parece un pecado del espíritu, una traición. Sobre todo en una ciudad que todavía se observa a sí misma y en la que la población mantiene una dependencia sentimental con el paisaje (hay ciudades en las que eso ya no pasa). Ocurrió con la Llibreria Ona (después reabierta) como antes pasó con la Cinc d’Oros…

Pero es mejor no inquietarse. El cierre de una librería no es una derrota moral ni significa que la ciudad se haya vuelto más inculta. Es la constatación de que las pequeñas librerías deben cambiar de modelo de negocio. Curiosamente, en Áncora y Delfín siempre vieron las cosas claras. “Esta es una librería con mucha personalidad, y hemos preferido cerrarla antes que adaptarla y convertirla en algo que no ha sido” dijo cuando la cerró Eulàlia Teixidor, su última propietaria. Tenía mucha razón. Mantenerla abierta hubiera implicado cambios muy profundos en la relación con los clientes, con el producto y en la naturaleza del negocio.

El planteamiento de Le Pain Quotidien, es exactamente el inverso, el resultado de la obsesión de un cocinero belga, Alain Coumont, por el pan que había probado de pequeño. No es probable que haya replicado el pan de la niñez. Pero lo que sí ha conseguido, desde que inició el negocio en 1990, es que los clientes que frecuentan sus locales (hay unos cuantos en media Europa) se sientan como si fuera así. Y que incluso se apretujen para comer en una mesa comunitaria, como si esto fuera el siglo XIX.

Así es la fortuna. Que sonríe a aquellos que son capaces de innovar, de crear nuevos productos,  servicios y modelos de negocio. En un mundo en el que el capital y la tecnología pueden llegar a cualquier rincón, en el que el mercado laboral se  homogeneiza, lo  escaso, lo que marca la diferencia, son las ideas. Lo cuentan Erik Brynjolfsson, Andrew McAfee y Michael Spence en un artículo en Foreign Affairs, <CF21>New World Order</CF>. También dicen que los que sean capaces de proveer su entorno de ideas  recibirán una gran recompensa por ello.

Sean  ideas para vender pan o para vender libros.

(Publicado en La Vanguardia el 21 de junio de 2014)

 

 

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