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Las llaman tecnologías disruptivas, porque pueden acabar en un plazo relativamente corto de tiempo con productos o servicios consolidados durante décadas y expulsar a la competencia del mercado. No es exactamente el objetivo de Über, empresa que pone en contacto a los que buscan medio de transporte urbano y los que se ofrecen para ello. Ni tampoco el de Airbnb, web a través de la cual encontrar a particulares que ofrecen su apartamento para pasar unos días en Munich, Toulouse o Barcelona. No es esa en apariencia la intención de la llamada “economía colaborativa”, la sharing economy. Pero estarán de acuerdo en que no hay nada más disruptivo, ni que provoque tanto miedo, como lo que ocurrió el martes pasado, cuando miles de taxistas se echaron a la calle para protestar por la proliferación de empresas que actúan como intermediarios en el transporte de viajeros. No lo encontraron, pero si llegan a tropezarse con un asociado a Über en medio de la calle, hubiera acabado en el hospital.

Über, como Airbnb, Eatwith, Odesk y otras empresas de este tipo tienen en común la existencia de una plataforma tecnológica que garantiza la seguridad de la transacción entre particulares a cambio de un porcentaje. Es una idea simple, y de ahí su potencial corrosivo. ¿Por qué no voy a poder ofrecer mi coche para transportar a quien me pague si estoy en el paro? ¿Por qué no puedo hacer una cena en mi casa a doce comensales que me llegan de Finlandia y me pagan bien? Las preguntas son tan legítimas como justificadas son las iras de los taxistas del martes, que intuyen que una parte importante del pastel del que han comido durante años se les está escapando de las manos.

No va a ser fácil convencer a unos y otros. Tampoco está claro que la administración salga bien parada en su papel de árbitro. En defensa del actual estado de cosas se puede argumentar que el intrusismo no es legítimo. Que hay actividades que están reguladas porque eso garantiza la protección de los consumidores y de la recaudación fiscal. ¿Pero están ustedes seguros de eso? ¿Realmente se va a convencer a mucha gente con esos argumentos?

La mayor parte de las empresas que actúan en este sector proceden de una California que lleva años inmersa en las maneras de la desregulación y de la minimización de las actividades del Estado. Una cultura que está muy lejos de la de los funcionarios barceloneses, que tiemblan cada vez que tratan de la cuestión en una ciudad que se ha convertido en el cuarto mercado mundial de Airbnb! Lo más disruptivo –para seguir con la palabrota– es que esa manera de hacer y de pensar es acogida con naturalidad por los más jóvenes, que son sus principales usuarios. Jóvenes de nivel adquisitivo alto y medio-alto que ven esas prácticas un signo de modernidad. Una percepción tan legítima como la del taxista airado que ve desaparecer su modus viviendi.

Pero así es la historia.

(Publicado el 14 de junio de 2014)

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