Morir de éxito

Barcelona debe saber preservar un negocio turístico que no fagocite al resto de actividades

El día en que la cadena Four Seasons abra su hotel en el antiguo edificio del Deutsche Bank, hoy ocupado por la firma Cuatrecasas, la ciudad turística irrumpirá en la avenida Diagonal para revitalizar una de las zonas comerciales en la que la huella de la crisis es todavía perceptible. Pero no será la única grieta por la que se acabe colando el magma.La Barcelona turística empieza a aventurarse hacia el este del Eixample, en la confianza que el impulso de esos pioneros del pantalón corto la lleve tarde o temprano hasta la Torre Agbar, donde se proyecta otro hotel de referencia, el Hyatt. Finalmente, allí donde el capital local se muestra escéptico, se mueven inquietos los fondos internacionales, convencidos de que acabarán por convertir el frente marítimo de Barcelona en un waterfront repleto de actividades a lo San Francisco.

Barcelona es cada vez más eso. Un segundo modelo productivo para el país. El primero es el interior  “germanizado” nacido en la Catalunya que va del Vallès a Osona y sigue hacia Girona. Es donde habitan las pequeñas y medianas empresas “austerizadas”, las que han sobrevivido al apagón del crédito, que ya están más fuera que dentro (en ventas y en mentalidad), capaces de fecundar el nuevo textil, el metal o el alimentario, entre otros. Frente a ese trozo de Europa que se detuvo en el Llobregat, Barcelona parece un injerto de la California que algunos gurús locales imaginaron hace dos décadas. Más hedonista y suelta, tan desordenada en algunas cosas como creativa. Hay en ella algo de tecnologías de la información, masa gris en el e-commerce, un pedazo selecto de biotecnología y tecnologías hospitalarias… Pero sobre todo hay turismo, comercio y cultura. La herencia de una ciudad que supo vivir bien hace un siglo y que ahora ha aprendido a reciclar los vestigios de ese pasado para venderlos con éxito.

Hay razones para desear que eso siga. Pero también las hay para desear que se preserve el precario equilibrio en el que se mueve, no sea que el éxito del turismo sea tal que acabe devorando al resto de actividades, y con ello, al mundo de las ideas que tan atractiva sigue haciendo a la ciudad.

San Francisco es, en este aspecto, una urbe que ha sabido mantener ese equilibrio. El turismo es allí determinante para la economía de la ciudad. Pero molesta lo justo y no monopoliza su imagen. Venecia puede ser el ejemplo contrario. Esto es, el de una ciudad que es una máquina para captar  divisas, pero en la que el negocio turístico es visto por los locales como una maldición, la actividad que todo lo ahoga, la que impide encontrar un solo rincón en el que sentarse cinco minutos,  sentirse algo solo y pensar en otras cosas… Barcelona no está todavía en esa situación. La actividad turística irrita ya en según qué zonas y a según que colectivos. Pero todavía queda un tiempo para el monocultivo turístico. Que tarde mucho en llegar.

(Publicado en La Vanguardia el 1 de junio de 2014)

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