Hacerse trampas

La economía española de los 2000 no fue El Dorado que todos creíamos

El cerebro es el gran tramposo. Amortigua y suaviza la comprensión de los traumas para hacerlos más soportables. Reescribe una y otra vez la percepción de los acontecimientos para que se ajusten a las convicciones de los individuos y evitar que colapsen. Con los colectivos ocurre algo parecido. La opinión pública se agarra siempre a aquellas explicaciones que más le conviene para que sean compatibles con la historia que se han construido de sí mismas.

La historia oficial describe la década del cambio de siglo como uno de los periodos de mayor prosperidad de la economía española. Es la etapa final del “segundo milagro económico español”, una larga expansión que se trunca con el estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera. Se admite, como mucho, que la inflación que acompañó a la expansión inmobiliaria había quebrado la productividad de la industria y la había hecho más vulnerable ante la globalización. Pero se mantenía la historia oficial del antes y el después de la crisis: un pasado de prosperidad al que se puede volver cuando la crisis haya amainado.

Sin embargo, los últimos datos revelan que la realidad no fue exactamente esa. Y que, dejando a un lado los devastadores efectos del paro, lo cierto es que los orígenes de los males que vinieron después pueden rastrearse en los años maravillosos que van del 2000 al 2007. Antes de la crisis. Un post publicado en la web “Nada es gratis” por el economista Samuel Bentolilla concluye que aquel Eldorado que fue la economía española de los años dos mil fue en realidad menos próspero de lo que se creía. Y de lo que recordamos. A partir de la lectura de la Encuesta Financiera de las Familias, la renta media cayó un 10% durante la década ¿Cómo pudieron caer los ingresos de los hogares entre los años 2001 y 2007 cuando, en esos años, la economía creció un espectacular 20%?

El economista encuentra dos respuestas a esa paradoja. Una es demográfica y sociológica. En aquel periodo se crearon muchos más hogares como consecuencia de la inmigración, pero también porque la bonanza incitó a muchos jóvenes a abandonar el hogar paterno y crear el suyo propio. El tamaño de esos hogares, además, se redujo sensiblemente. La segunda explicación está en una creciente pérdida de productividad por la generalización de actividades de bajo valor añadido, del turismo a la construcción.

Los años prósperos fueron, al menos en parte, una ilusión estadística, un momento en el que las familias empezaron a hacerse más pobres. Y en los que solo el recurso creciente al crédito, a la deuda, explica que esa ilusión se prolongara durante cierto tiempo. Los datos no obligan a reescribir la historia. Pero sí a revisarla. Y a aceptar que la apuesta por el empleo de baja calidad que hizo la economía española en el último tercio del siglo XX no tiene mucho recorrido. Aceptar eso obliga a cambiar mucho.

Y también a no repetirlo

(Publicado el 17 de mayo de 2014)

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