Lo que queda de los 70

El regreso al futuro de Joan y Ermen. Hacer negocios, cambiar el mundo

 

En los primeros años 70, muchos adolescentes californianos querían hacerse hippies y empezaban a fumar hierba. Pero los que estudiaban, veían constantemente la televisión, pedían pizzas para cenar y vivían en casas adosadas. Después, al salir del instituto quedaban en el garaje de alguno de ellos y empezaban a soldar chips y a imaginarse cómo serían los ordenadores del futuro.

Aquí, en esos mismos años, el porcentaje de jóvenes descarriados era bastante mayor. Algunos se largaron a Formentera y otros más se hicieron maos. Pero también los había que estudiaban. Las pizzas a domicilio no habían llegado, la televisión era aburridísima, con sólo dos canales, y no había garaje en el que reunirse (Sant Quirze del Vallès todavía era un pueblo, no había adosadas). Los de aquí iban mucho de excursión y eran mucho menos ricos que sus homólogos californianos, que no sentían pudor algunos por los negocios. Eso les llevó a los ordenadores y, finalmente, a Internet.

Los “techies” locales estaban mucho más ideologizados y, por cosas del entorno, metidos en la misión de cambiar el mundo. Por eso optaron por la energía. Participaron en manifestaciones antinucleares, montaron cooperativas y editaron revistas con nombre de forraje. Su opción tecnológica acabó siendo las energías renovables (entonces se las llamaba alternativas).

Los 70 son todavía una década denostada. Pero de sus rescoldos surgió el Silicon Valley que hoy deslumbra al mundo con sus iconos y un capitalismo que según como parece mucho más feroz de lo que se prometía. Los 70 también habitan entre nosotros. De otra manera. El primero que lo hizo notar fue Joan Vila, empresario de Girona, ingeniero metido en la energía, para quien muchos de los problemas actuales pueden resolverse “con ideas de los 70”. Vila dijo aquello de que “en los años 70 éramos felices porque admitíamos que éramos pobres” y defiende las políticas de austeridad como una forma de volver a un pasado que fue mejor.

En eso conecta con otro tipo surgido de lo más profundo de aquellos años, Ermen Llobet, quien formó parte del núcleo duro de los “techies” locales. Llobet quiso cambiar muchas cosas. Fundó Ecotècnia junto con una decena larga de ingenieros. Y cuando las renovables eclosionaron, no tuvieron más remedio que venderla a Alstom. Hicieron dinero y eso permitió a Llobet meterse en muchos proyectos. Ahora se ha medio instalado en el Mas Vinyoles, en Sant Pere de Torelló, en una finca inmensa, empeñado en acoger iniciativas de emprendedores. Hay quien piensa que se va lejos. En realidad, para él, debe ser como estar en el centro de la tierra.

(Publicado en La Vanguardia el 10 de mayo de 2014)

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