¡Hey!, que diría Julio Iglesias

Ascenso y caída de Marina d’Or, ciudad de vacaciones

Cuenta el filólogo Vicent Pitarch que hasta la década de los 70, lo habitual en la plana de Castelló era que, a la hora de repartir la herencia, al más listo le daban las tierras del interior. Había olivos, algarrobos, viña y almendra, cosas de las que vivir. Al otro siempre le quedaba el recurso a las tierras del litoral, marjales llenos de mosquitos…

La llegada del turismo dio un vuelco a esa economía. Acabó con los marjales del litoral, pero hizo ricos a toda una generación de hermanos menores. Aunque en el caso de Marina d’Or, la construcción no se realizara sobre una marjal sino allí donde antes se levantaba un camping y una cala que las fotografías en blanco y negro muestran como apacible.

Cada vez que alguien habla con valencianos sobre el enloquecido monocultivo turístico de las últimas décadas al final siempre sale a flote Benidorm. Y tienen razón. Benidorm ha sido rescatada y reivindicada por la historia. Sociólogos y urbanistas han acabado por elogiar la localidad alicantina, que supo concentrar en toda su verticalidad tanto turista europeo y minimizar el impacto sobre el paisaje y la presión sobre los recursos naturales.

Lo que ya no es tan seguro es que la historia futura rescate lo que se hizo en décadas posteriores. No pasarán la prueba Julio Iglesias en esas giras de promoción en las que gritaba “¡Hey!” cada cinco minutos. Ni los eventos marinos que tanto hicieron mirar al sur a cierta burguesía barcelonesa, que veía en Valencia la ciudad de la que tanto había que aprender.

Y por supuesto no pasará la prueba del algodón Marina d’Or, la enseña turística del Castellón de los Fabra y la expansión azulejera. Si los del azulejo optaron por Isabel Preysler para vender sus diseños, Jesús Ger se fijó en Anne Igarteburu para reflejar el sueño que vendía a millones de españoles.

Todavía están colgados en youtube aquellos videos del 2006 en los que la rubia vasca desciende por escalinatas de mármol entre arañas de cristal y fuentes cordobesas para detenerse finalmente a sorber de la cañita de un cóctel de esos con sombrilla de papel en un decorado de plantas de plástico. Los hoteles tematizados de Marina d’Or eran el camino por el que sus constructores querían llegar al que debió ser el modelo en el que se inspiraron, Las Vegas.

Pero la iluminación es cara. Y en según qué tardes de invierno, Marina d’Or se asemejaba más al Tijuana de “Sed de Mal” que a la capital del juego de Nevada. Toni Mollà, otro valenciano y filólogo, al visitar Las Vegas, dijo que aquello le recordaba Valencia en fallas. Tuviera o no razón, y por si acaso, nunca puso un pie en Marina d’Or.

(Publicado en La Vanguardia del 11 de mayo de 2014)

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