Rebelión en la granja

Pese a la retórica sobre la meritocracia, la mayor fuente de capital hoy es la herencia, no el esfuerzo

“No sé de dónde voy a sacar el tiempo para leerlo, pero me lo he comprado…” Es así como se habla ahora de “El capital en el siglo XXI”, del francés Thomas Piketty, 950 páginas (si lo compran en el original, en francés, 700 páginas en la edición inglesa), llenas de datos exhaustivos. Un libro para no llevarse a la playa pese a que tendrán que retener el título para no quedar mal en los próximos meses. Una excentricidad para estos tiempos, sobre todo si se compara con el último y manoseado best seller económico, el “Por qué fracasan los países”, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, que era poco más que 40 folios de working paper hinchados para poder hacerlo comercialmente viable.

Piketty debe de ser el primer francés que se cuela en la agenda anglosajona en treinta años. Lo hace con un tocho estadístico donde acredita que la desigualdad se ha incrementado en los últimos años en las grandes economías y lleva a una peligrosa concentración de riqueza. Picketty cuenta también cómo, a pesar de la retórica sobre el esfuerzo y la meritocracia, la mayor fuente de ese capital es la herencia, cuando no unos salarios exagerados en sectores como el de las finanzas. ¿Vale el trabajo de esos altos ejecutivos lo que se les acaban pagando? Es una duda más que razonable y la obra en en cuestión así lo apunta.

El libro de Picketty ha irritado a una parte importante de la profesión económica. Creen que cuestionar el grado de desigualdad –teórico incentivo de la acción en las sociedades modernas– es un retroceso y una vuelta atrás imperdonable. Pero, claro, cómo no detenerse a pensar dónde hemos acabado cuando el mundo que describe el libro se parece más al de finales del XIX –los americanos lo llamaban –The gilded age– que a los optimistas años 60. Hay más motivos para la irritación. Propone arreglar los problemas con más impuestos a los ricos. Finalmente, da oxígeno a las políticas de izquierda, ausentes del debate público desde hace ya dos décadas.

¿Aprovechará la política la oportunidad que le brinda Piketty? Quién lo sabe. Lo peor de la realidad actual no está sólo en cómo está organizada la distribución de la renta. También está en la burbuja en la que vive el mundo de la política. Esta misma semana, la menos mediática pero la más directa –la más pegada al terreno– de las autoras que han triunfado en este Sant Jordi, Marta Rojals, se desayunaba en la red con los salarios mensuales de los eurodiputados. Eran estos: 7.956 euros brutos en concepto de salario base; más 4.299 euros brutos para gastos en el país de origen; más 4.243 euros para transporte; 304 euros por día de actividad oficial más otros 125 euros por cada reunión fuera de la UE, gastos de alojamiento en hoteles aparte.

Todo ello, concluía Rojals, en los tiempos del Skype y la videoconferencia… ¿Serán sus señorías sensibles a todo lo que cuenta Piketty?

(Publicado en La Vanguardia el 2 de mayo de 2014)

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