Voyage à Toulouse

Teórico enfermo inminentee de la economía europea, Francia parece mejor preparada que los países de más al sur para la recuperación

 

El Ave a Toulouse deja la ciudad francesa a sólo tres horas de Barcelona. Eso sí. El billlete no es exactamente barato. Y el Ave no es precisamente como el que lleva a  Madrid. En realidad viajar en ese transporte a Francia de la mano de Renfe puede llegar a ser como hacerlo al pasado, a los 70, en infraestructura material y en oferta de servicio. Pero se trata de un trayecto mucho más cómodo y rápido que el que siguieron los emigrantes de los años 60 y 70. Y, por supuesto, está a años luz de la penosa aventura que vivieron los catalanes y españoles (alguien ha hablado de 50.000) que en las postrimerías de la guerra civil, huyendo de la dictadura, llegaron hasta la ciudad.

La presencia catalana de la posguerra está  hoy en proceso de agotamiento biológico. Y los recortes de la administración catalana, que ya no envía casi nada a los casales del exterior, no han hecho más que acelerar su desaparición. Los que llegaron a Toulouse en los  60 tampoco  son perceptibles. La maquinaria republicana muestra, en este aspecto, una formidable capacidad de integración.

Aun así, para los que siguen llegando del sur, la ciudad tiene una familiaridad especial, una proximidad que no tienen otras plazas francesas. Y sobre todo tiene Airbus y el complejo industrial aeronáutico, que es lo que en realidad explica (más que el “cassoulet”, la arquitectura medieval y el aire estudiantil y amable) la atracción de la inmigración por Toulouse. París, siempre centralizadora y tacaña con el resto de ciudades francesas, fue generosa -por razones estratégicas- al dejarle a Toulouse este complejo industrial de capital público que inyecta tanta tecnología e innovación.

Las economías española y francesa crecerán de una manera muy parecida este año. El déficit público francés  es más bajo que el español y ya no hablemos del paro, menos alarmante. Pero los jóvenes franceses se sienten tan abandonados por la política como los nuestros. Y los mayores  miran al futuro con la misma desconfianza. Dicho esto, las diferencias aparentes son sustanciales. El comercio en Toulouse está vivo. Las sociedades municipales gestionan un crecimiento ordenado del inmobiliario local para hacer sitio  a los que están llegando. La administración pública sigue siendo robusta (más eficiente que la  nuestra). Los funcionarios de la Comisión, el FMI y los analistas del mercado consideran que la situación francesa es inquietante. De hecho, Francia lleva años siendo el inminente enfermo de la economía europea, pero no acaba nunca de serlo. Y para cualquiera que se la mire con atención, la verá mejor preparada para salir del bache que las economías de más al sur.

Posiblemente la respuesta esté en las políticas de austeridad. Seguramente vayan bien para sanear las cuentas públicas y para dejar las grandes cifras bien ordenadas. Pero su efecto sobre la confianza de la gente son terribles. Y eso, al final, acaba pasando factura.

(Publicado en La Vanguardia el 5 de abril de 2014)

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