La recentralización en marcha

La re-centralización de la economía no es un proceso reactivo. Estuvo siempre ahí. Y ahora se aplica

Esta semana, la administración de Hacienda ha explicado que tiene previsto suprimir las competencias autonómicas en materia de impuestos. Lo hace a instancias de las recomendaciones de los expertos presentadas el viernes para la reforma fiscal. No lo piensan hacer de golpe y lo bautizarán como armonización fiscal.

La razón última de este proceso es la unidad de mercado, un concepto vaporoso que se ha arrastrado durante años por los think tanks del PP (hay quien dice que más tank que think) pero que ha cristalizado esta legislatura con gran virulencia. Hasta tal punto que parecería que la España del siglo XXI es la Alemania del XIX, cuando se instauró una unión aduanera (Zollverein) para acabar con los aranceles de los distintos estados. No importa que la realidad invalide ciertas ideas (Madrid, la comunidad más liberalizad en lo comercial, es la que menos crece). Tampoco que determinadas comunidades hayan innovado en según qué impuestos: los tributos autonómicos son vistos ya como algo propio de administraciones desesperadas cuando no algo exótico. La ideología, a menudo, puede con la eficiencia.

El resultado de todo ello es un proceso de recentralización económica los efectos del cual están por determinar, pero que a medio plazo pueden acabar convirtiendo a las comunidades autónomas en algo así como unas diputaciones supraprovinciales.

Las intenciones estuvieron siempre claras. En la hostilidad hacia la inmersión lingüística ya dieron muestras de esas intenciones. Y en el trato asfixiante a las finanzas de la Generalitat también. Pero quedaba la duda de si tenían algo de reactivo. De respuesta al proceso. Una duda muy extendida entre quienes piensan (mayoritariamente desde aquí) que hay todavía un terreno de juego en el que moverse, un espacio en el que hablar y dialogar.

Esta semana ha quedado claro que no. Las últimas decisiones del Gobierno pueden haber transformado ese imaginario campo de juego en un solar lleno de cascotes y ruinas en el que incluso conceptos tan tibios como descentralización o federalismo han sido pisoteados.

En el verano del 2011, Catalunya experimentó un verdadero seísmo. Sus clases medias, progresistas o conservadoras, empezaron a desplazarse del catalanismo previsible a un soberanismo que podía tener leves raíces de tipo económico pero que era esencialmente la reacción a una ciudadanía que veían pisoteada por los actos de la Administración central. Fue un outing, una salida del armario, con toda la emocionalidad que eso comporta. Los movimientos del establishment madrileño, contrariamente, el proyecto de re-centralización que tanto niegan –pero que tanto mitiga su angustia– tiene mucho de racional y calculado. No es emocional ni reactivo. Estuvo ahí mucho antes del verano del 2011-2012.

Y ahora se aplica.

(Publicado en La Vanguardia el 15 de marzo de 2014)

 

 

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