El vértigo de los cambios

El temor a disolverse en Europa, clave del voto en la consulta del pasado domingo

El viajero que llega al aeropuerto internacional de Ginebra tiene dos maneras de salir de él. Una, atravesando el hall principal, que le conducirá a la puerta de salida. Y de ahí, a elegir transporte hacia la más internacional de las capitales helvéticas. Otra opción, más rebuscada, es seguir un itinerario laberíntico que acaba en un patio interior que da a una pequeña carretera local flanqueada de alambradas. Eso es Francia.
La frontera entre la Suiza ginebrina y los pueblos franceses del llamado país de Gex, que se despliegan bajo las laderas del Jura es tan porosa que en muchas ocasiones uno entra y sale de Suiza sin darse apenas cuenta. Y esa es, diariamente, la realidad de los “frontaliers”, personas que viven en localidades francesas, pero que atraviesan a diario esa frontera casi invisible para trabajar en la conurbación ginebrina.
Se calcula que en Suiza trabajan unos 263.000 “frontaliers”, de los que más de la mitad son franceses. Son ellos los que pueden resultar más afectados por el resultado de la consulta del domingo pasado, en la que, por un estrecho margen, se aprobó imponer cuotas a la inmigración. Esos “frontaliers” son esenciales para el funcionamiento del área metropolitana que se extiende por la ribera izquierda del lago Léman, ese continuo urbano que empieza en Ginebra y se extiende hacia Montreux y Vevey, localidades balnearias con uno de los turismos más ricos del mundo.
Pero no están solos en el problema. Hay otros 700.000 extranjeros trabajando en la Confederación Helvética, en su mayor parte, mano de obra bien formada. Trabajan en el sector financiero, farmacéutico, en la hostelería, en la sanidad… El 80% de esa inmigración es europea, fundamentalmente alemana, francesa, italiana, portuguesa y española. Suman el 23,3% de la población, porcentaje que puede ser considerado alto -sobre todo por la rapidez con que se ha alcanzado- pero que es poco perceptible para el visitante por su origen continental.
La importancia de esa mano de obra en en la economía suiza se comprueba en una de esas fronteras invisibles, en la carretera local que lleva de la francesa Saint Genis-Pouilly a la suiza Meyrin, donde de pronto el viajero se tropieza con las instalaciones del CERN, el Centro de Física de Partículas más grande del mundo, con 10.000 empleados, en su mayor parte licenciados y personal técnico. De muchas nacionalidades. Pero muy pocos suizos.
Visto con los ojos de la Francia que se estremeció al ver a los jóvenes magrebíes silbar a su selección nacional en el partido contra Argelia; o de la Italia en la que arden los campamentos de rumanos e incluso del Reino Unido de las explosiones de la gente de color en los barrios de Londres, el resultado de la consulta puede parecer sorprendente.
Y todavía sorprenden más los argumentos que han pesado en la consulta. Están los clásicos de la inseguridad en las grandes ciudades. O el alza de los alquileres en zonas como el centro de Zurich. Pero los hay más peregrinos: la incomodidad que dice sentir el suizo medio al ver sus autopistas colapsadas o sus ferrocarriles atestados de gente… O incluso el argumento que dan los analistas para justificar el abrumador voto antiinmigrante del único cantón de habla italiana, el Ticino: un paro del 7%! ¡Quién lo tuviera!
Paradójicamente, Ginebra ha sido una de las zonas que ha apoyado la propuesta de imponer cuotas a la inmigración. Pese a que la ciudad, su sistema financiero y su turismo, han experimentado una expansión sin precedentes gracias en parte a esa mano de obra,Contrariamente, ha votado contra la propuesta Zurich, la otra gran capital bancaria de la confederación. Y Basilea, la capital de la industria farmacéutica y de la química.
En general, el mundo empresarial ha visto con malos ojos los resultados. Suiza tiene una fiscalidad empresarial envidiable, unas leyes laborales muy flexibles. Por eso alberga tres de las cuatro primeras grandes multinacionales europeas. Un resultado así amenaza su estabilidad…
Pero no lo ven así los partidarios de la consulta. Mayoritarios en los pueblos pequeños. Mucho más en la Suiza alemana (salvo Zurich) que en la Suisse francófona (romande). Es lo que los comentaristas locales han calificado de temor a la pérdida de la “helveticidad”, el miedo a disolverse en una Europa que consideran demasiado compleja. La misma inquietud que afecta a otras regiones europeas, pero que se traduce con otras fórmulas.
Podrán sorprender los argumentos. Pero nada es poco cuando se trata de movilizar los demonios de las clases medias frente a los cambios de los últimos treinta años. Los analistas se consuelan afirmando que la única diferencia entre Suiza y sus vecinos es que la Confederación Helvética practica la democracia directa. Y que si se pulsara la opinión popular en esos países, los resultados serían parecidos. Y quizás tengan razón…

(Publicado en La Vanguardia el 16 de febrero de 2014)

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