Milagro nórdico

Cincuenta años después de su invención, el modelo escandinavo sobrevive a sus propios vicios

En un viaje de esos de benchmarking que tanto abundaban en los 2000, acabé metido en una expedición a Finlandia. El país era la cuna de la entonces deslumbrante Nokia, una economía pequeña reinventada tras una pavorosa recesión en los 90, capaz de encabezar, año sí, año también, el informe Pisa que tantos dolores de cabeza provoca aquí abajo.

Me instalaron en un hotel con sauna en la habitación, comí reno con patatas, hice un agujero en el hielo de un lago para pescar con anzuelo y visitamos infinidad de empresas e instituciones que mostraban la extraordinaria rectitud con la que se comportaban empresarios y funcionarios públicos.

La noche del viernes, no más tarde de las 20 horas, parte de la expedición fue en busca de un club de jazz que aparecía en las guías… La cosa no fue fácil. El primer peatón interceptado por el grupo se esfumó sin abrir boca. El segundo nos esquivó haciendo eses. Y el tercero, un varón de 70 años, muy amable, tuvo que apoyarse en su anciana pareja -también beoda y amable- para decir algo coherente. Durante unos minutos, el encanto finlandés desapareció. Pero encontramos el club y volvió la magia.

El modelo de socialdemocracia escandinavo -con variantes tan extremas como la propia Finlandia o la más surrealista Islandia- ha demostrado una vigencia que dura ya medio siglo. Pese a todas sus contradicciones. Encandiló a progres y estilistas de los 60 con Olof Palme y su solidaridad naif con el tercer mundo. Seduce ahora a los economistas liberales pasados por la academia anglosajona, que lo ponen como referencia para los países del extraviado sur europeo (el último de ellos, Luis Garicano).

Ocurre lo mismo en lo cultural, Escandinavia hizo pensar (y bostezar) a muchos cinéfilos gracias a las películas del sueco Ingmar Bergman. Impuso después su diseño minimalista en toda Europa y con el cambio de siglo ha arrasado con la novela negra. Importa poco que los personajes que retratan las novelas de Henning Mankell, los Millenium de Stieg Larsson o Arnaldur Indridason sean tan turbios. O que el corazón de Ingvar Kamprad, el fundador de Ikea, sea oscuro como sus aficiones juveniles.

La fascinación por la vigencia del milagro nórdico es el contenido de un libro del danés Michael Booth, <CF21>The almost nearly perfect people</CF>, donde se pasa revista a esos países en los que se pagan impuestos descomunales a cambio de sectores públicos de envidia. Pero que es también capaz de engendrar autores de matanzas como el supremacista blanco noruego Anders Breivik o inventos financieros tan catastróficos como los de la banca islandesa.

El modelo escandinavo tiene vigencia. Resiste al paso de los años y se le perdona casi todo. Como a esos beodos de las noches de Helsinki. Con ese frío y tan poca luz, quién no se bebería el Báltico entero.

 

 

 

 

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