Tierra de maravillas

Un  fantasma recorre el País Vasco. Se llama crisis. Y ha llegado con un retraso de cinco años en relación con el resto del Estado. Pero lo ha hecho con una virulencia inusitada. Y ha pegado de lleno en el corazón de uno de los mitos fundacionales de su modelo económico: el cooperativismo de raíz jesuítica y práctica obrerista.

Desde la década de los 80, los hombres de Mondragón impartían conferencias llenas de sentido común en muchas aulas de España. Hombres sencillos. Hijos de inmigrantes zamoranos o palentinos, gente de escuela nocturna. Hablaban con una naturalidad que encandilaba a auditorios formados por jóvenes trabajadores asustados por el reflujo de la industria. La cooperativa era la respuesta. Mondragón el referente. Y Arrasate, el lugar al que peregrinar, del mismo modo que los hippies ricos habían viajado veinte años antes a Katmandú.

Con el tiempo, Mondragón se hizo grande. Empezaron a llegar los consultores. Y las virtudes que tan bien habían servido para los años de expansión empezaron a ser una rémora en tiempos de reestructuración. Se escribirá mucho sobre el por qué de ese fracaso. Pero al final, los detonantes de las crisis de Fagor y Eroski no difieren tanto de los errores que podían haber cometido las grandes corporaciones anónimas.

A Fagor le costó demasiado tiempo reaccionar al cambio de escenario, atrapado como estaba a un mercado como el de la construcción residencial y aprisionado entre el <CF21>low cost</CF> asiático y la excelencia alemana. En el caso de Eroski, la causa hay que buscarla en haber tomado decisiones de compra (Caprabo) justo en el momento álgido de la burbuja, creando una deuda que se le ha hecho insoportable y les obliga a desaparecer de la mitad de la península para abajo.

Pero la implosión del entramado cooperativo no habría tenido suficiente impacto si no fuera porque ha arrastrado consigo los ahorros de muchos cooperativistas y clientes. Ya ven, tanta justicia ignaciana para acabar siendo tratado como un vulgar preferentista… Preguntado al respecto, uno de las referencias del cooperativismo local me respondió: “Bueno, al fin y al cabo, esas son las reglas del juego”. Pues vaya.

En muchos aspectos, el País Vasco es la tierra de las maravillas. Esta misma semana, Cristóbal Montoro le ha transferido a la Diputación de Guipuzcoa -¡la que gobierna Bildu!- el impuesto sobre loterías y sobre depósitos bancarios. La misma Diputación que ha intervenido en la negociación colectiva de las residencias de la tercera edad para irritación de la patronal Adegi.

Un amigo, todavía impactado por la reciente venta al capital canadiense de Patricio Echeverría, otra institución vasca, me decía ayer que “hoy Guipuzcoa parece Venezuela”. Exageraba, claro. Pero es comprensible. Es lo que ocurre cuando la crisis llega a la tierra de las maravillas.

 (Publicado en La Vanguardia el 18 de enero de 2014)

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