Fin de siècle

El envejecimiento de la sociedad y los bajos salarios de los jóvenes es una combinación que puede amargarnos el futuro

 

Se suele vincular el (mal llamado) milagro económico español anterior a la crisis del 2007 a la efervescencia constructora e inmobiliaria. Y se olvida a menudo que el otro gran motor de creación de empleo en buena parte del periodo fue el sector público.

La gente que nació entre finales de los 50 y primeros 70 es probablemente la que más cree en las bondades del sector público. No sólo porque lo ha visto crecer en una generación. Lo defiende porque vivió los años dorados en los que hizo falta de todo… Faltaban maestros, médicos y enfermeras. Faltaban mossos d’esquadra, bomberos y funcionarios para recaudar impuestos. Faltaban geólogos para las obras públicas, biólogos para las declaraciones de impacto ambiental y arqueólogos para hacer museos…

En según qué cosas, el Estado de bienestar ha estado muy por encima de las expectativas que se podían esperar de un país que iba a tal velocidad. En otras, por debajo. Pero lo que es seguro es que la gente que creyó que había una lógica universal que llevaba a su crecimiento ininterrumpido es la misma que hoy constata que aquellos cálculos eran fruto de un momento histórico preciso. Y resulta comprensible que, a diferencia de lo que pasa con las generaciones más jóvenes, cada vez que miran a su alrededor, piensen que el mundo se hunde.

En realidad viven un cambio de ciclo. De la economía española y catalana. Pero sobre todo, también, de la sociedad del bienestar occidental, a la que llegaron mal y con retraso. Un estudio del británico Institute for Fiscal Studies (IFS) promete amargarles todavía más el desayuno. Según el estudio, que analiza los grupos de gente The economic circumstances of cohorts born between the 1940s and the 1970s nacidos entre 1940 y 1970, las mejoras que se registraban de generación en generación se han detenido. Pero no sólo eso. Los nacidos en las décadas de los sesenta y setenta ya llevan a casa menos ingresos que la generación anterior. Y todavía peor: la pensión que recibirán del Estado será una porción progresivamente menor de los ingresos que cobraban o cobrarán antes de jubilarse…

Los vectores que justifican esta tendencia son el envejecimiento de la población y el previsto bajo crecimiento de los próximos años, que explica los bajos salarios de los más jóvenes, los que ahora cotizan y tienen que pagar las pensiones del mañana… Nada espectacular si se considera cómo ha quedado la reforma de las pensiones. Excepto que prueba que no se trata de un accidente, sino de una tendencia de fondo.

A ustedes les parecerá que esta es una pésima manera de entrar en el año. Pero piensen que estas tendencias son fruto, también, de unas circunstancias y unas políticas concretas. Nada está escrito. Pero para empezar a cambiarlo, hace falta hacerlo por la mirada y abandonar ese estado de ánimo tan fin de siglo que nos acompaña.

 

(Publicado en La Vanguardia el 4 de enero de 2014)

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