“Me matan si no trabajo…

Quizás sea sólo un estado de ánimo, pero quien tiene la suerte de trabajar, piensa que trabaja más que antes…”

 

 

Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan”, cantaba el uruguayo Daniel Viglietti en los años 70, a partir de un poema del cubano Nicolás Guillén. Uno escuchaba esa canción -en plena efervescencia revolucionaria en Latinoamérica- y se imaginaba a los indios del altiplano acarreando piedras arriba y abajo en penosa condiciones y bajo la vigilancia de capataces malvados. Uno se emocionaba porque, claro, eso quedaba lejos y no te podía pasar a ti. En los 70, según el lenguaje de la época, las fuerzas del trabajo le estaban ganando la partida a las fuerza del capital…

Cuarenta años después, el poema de Nicolás Guillén sigue resonando tan lejano como antes. Pero la sensación de que “los que tienen la suerte de trabajar”, trabajan bastante más de lo que lo hacían antes se ha convertido en materia habitual de conversación. Y es algo que cuadra con el espíritu de esta época en la que las fuerzas del trabajo (para seguir con la arqueología de los 70) parecen haberse rendido a una globalización dirigida por el capital financiero. Trabajamos más que antes porque tenemos la suerte de trabajar. Y esa afirmación no contradice la nueva ley de hierro de la competitividad: Hacer más con menos.

Los estudios no aclaran el enigma. Los economistas saben que en tiempos de recesión crece el subempleo y el empleo a tiempo parcial. También parece ser cierto que en momentos previos a la recuperación, antes de formalizar el primer nuevo contrato, se exprime hasta donde se puede a la plantilla. Pero como en otras cosas, las devaluaciones competitivas son tierra ignota. Y los datos agregados que manejan los economistas casan mal con la realidad de cada uno.

Para seguir con los que tienen la suerte de “morir trabajando”: el orden laboral internacional dibuja dos modelos de éxito en los países industrializados. Uno es el modelo germano, en el que lo relevante es la sintonía entre capital y trabajo y la identificación de la fuerza laboral con la empresa y sus objetivos. Descansa en parte en la fortaleza de la formación dual (lo que antes llamábamos aprendiz). Su fuerza está en que genera sociedades cohesionadas. El punto débil, que esa identificación entre empleados y empresa es difícil de replicar en los países latinos, más dados al escepticismo.

El segundo modelo llega de los Estados Unidos. Es resultado del cruce entre la revolución tecnológica del Silicon Valley y la cultura del bajo coste llevada a sus extremos. Su punto fuerte es que crea empresas que crecen a gran velocidad y generan recuperaciones vigorosas. Pero tiene también sus puntos débiles: uno, que no hay sitio en ellas para la clase media. Otro, que cobijan en ellas condiciones de trabajo más que dudosas. Como la de esa gran empresa de distribución que arrasa estas Navidades en Europa, pero en la que las condiciones de trabajo son de tal dureza que ahuyentan a los licenciados europeos.

Me matan si no trabajo, y si trabajo…

(Publicado en La Vanguardia el 14 de diciembre de 2013)

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