Light & sound

Bollywood descubre la Font Màgica de Montjuïc en el momento más dulce del turismo barcelonés

Carles Buigas fue un ingeniero barcelonés de principios del XX, un visionario que ideó un buen número de montajes en los que mandaban la luz y el agua. Sin ser el proyecto más ambicioso (ideó un quimérico buque hecho de luz varado frente a la ciudad) la Font Màgica de Montjuïc sí fue el más accesible y el que le ganó la posteridad. Construida para la Exposición Internacional del 1929, hizo furor en los tiempos del ocio de masas, en aquellos años sin televisión en los que esos haces de luces de colores, acompañados de música, eran el mejor contraste con la ciudad gris del franquismo.

En los 60 y 70, esos montajes acabaron convertidos en los espectáculos “light & sound” del turismo. Uno iba a visitar Tebas, en Egipto, o Las Vegas, y en el paquete incluían uno de esos espectáculos. En Barcelona, la Fong Màgica perduró como rito anual, matizado ya por la llegada de otra clase de diversiones.

Pero el concepto industrial sobrevivió. En los 90, OTB, empresa que dirigía Albert Camps y que había sido constituida para el mantenimiento de la Font Màgica, empezó a vender fuentes luminosas en Asia. El continente crecía y quería emular los fastos de masas de Occidente. De aquella actividad comercial nacieron otras fuentes mágicas en un país (China, pero también Corea) en el que los alcaldes de las grandes ciudades rivalizan en esta clase de espectáculos.

Este fin de semana, la Font Màgica de Buigas ha sido nexo de unión entre la ingeniería industrial barcelonesa de principios del XX y Bollywood, la exportable cultura popular india. Todo por la boda de la sobrina de Lakshmi Mittal, el magnate del acero. Que Mittal y su gente se hayan fijado en Barcelona para la boda dice mucho de la fuerza de la ciudad. Los indios son anglófilos hasta la médula, y en los archivos están registradas la pérdida de alguna inversión porque, puestos a decidir, los indios siempre se piden Londres. Pero aquí están.

Pero la boda de la sobrina de Mittal ha despertado cierta prevención. Hay quien ve en ella otro síntoma del proceso de espectacularización de la ciudad, de su rendición a la industria turística. La ocupación de espacios públicos para este tipo de eventos no se percibe como su rentabilización -plausible en estos años de estrecheces- sino como usurpación intolerable.

Se equivocan. Lo preocupante no es eso. Lo preocupante es lo que pueda venir después. Mittal y su gente están aquí porque Barcelona vive un momento dulce de reciclaje de su pasado cultural y urbano. Y porque todavía se percibe como una ciudad de verdad, donde las clases medias son sus propietarias. Pero hay que pensar a veinte años vista. En cómo renovar ese legado cultural y en cómo ocupar laboralmente a esas clases medias. Puede llegar el día en que Gaudí y el Passeig de Gràcia cansen (o desciendan al nivel low cost). Y en que los puestos de trabajo que se creen sean tan malos que expulsen a esas clases medias. Ese día, Barcelona dejará de ser una ciudad para ser un parque temático. Y entonces sí. Entonces temblaremos.

(Publicado en La Vanguardia el 7 de diciembre de 2013)

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