La ministra que “ve cosas”

“Nunca se privatizará el AVE”. Las afirmaciones tajantes no son propias del capitalismo moderno, en el que los compromisos se desvanecen entre tanta ligereza. Son más propias de otra época. Pero a Ana Pastor le gusta hacerlas. Decir que el AVE no se privatizará nunca. No porque piense que es una tarea imposible, verosímil dada su dudosa viabilidad financiera. Pero no, la ministra asegura que no venderá nunca el AVE porque piensa que el AVE es un derecho básico de la ciudadanía española, como la atención sanitaria o la escuela pública.

La ministra Ana Pastor es una mujer sensible. Hace unas semanas, cuando la patronal de las autopistas le propuso aplicar peaje a la M-50 como alternativa a la nacionalización de las autopistas quebradas que rodean Madrid, Ana Pastor lo rechazó de plano. Dijo que los gobiernos están para mejorar la competitividad, que el transporte por carretera lo está pasando mal y que no están los sufridos transportistas como para encima soportar peajes… Eso es sensibilidad. Pero ¿qué debieron pensar los transportistas autónomos que cada mañana, ya sea en Martorell, Cardedeu o cualquier otro punto de acceso al área metropolitana de Barcelona, se rascan el bolsillo para entrar en Barcelona?

Es verdad que Madrid y Barcelona son dos universos distintos en eso de los peajes. Es algo cultural, digamos. Uno coge un taxi en Madrid en dirección a Barajas y le pueden ocurrir dos cosas. Una, que el taxista le pregunte: “¿Con o sin peaje?”. Otra, que si usted le responde que “sin peaje”, el voluntarioso conductor le acabe conduciendo por una ruta alternativa y laberíntica que sólo él conoce, pero que acabará por marearle. Aunque, eso sí, no pagará peaje.

Pero ¿por qué la ministra, que es la ministra de todos, aparenta una sensibilidad tan selectiva? ¿Por qué el sufrimiento de unos se hace tan patente y el de otros no? Hay una hipótesis que podría explicarlo. Es posible que la ministra no “vea” a los transportistas catalanes. O que, para simplificarlo, no “vea” a los catalanes. Que los catalanes se hayan quedado sin voz. Que se hayan vuelto invisibles. Que los catalanes se hayan convertido en algo así como esos espíritus que pueblan las novelas góticas, vagando perdidos e intentando comunicarse con las personas con las que se tropiezan hasta que alguien les comunica que en realidad están muertos. Que no existen, vaya. Al menos como ciudadanos.

Es una hipótesis siniestra y truculenta. Tienen razón. Pero si quieren entender esa hipótesis de una manera algo más racional y mejor documentada que la del que esto escribe, léanse “Anatomía de un desencuentro”, del economista Germà Bel. Comprobarán por qué los catalanes se han convertido en “los otros” de esta novela gótica que es la España del 2013. Por qué se han quedado sin voz y vagan sin rumbo en un guión que no es el suyo…

(Publicado en La Vanguardia el 9 de noviembre)

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