Hacer cola

Las colas tienen su ética: el primero que llega es el primero en ser atendido. Es de las primeras cosas que le enseñan a uno, cuando de pequeño le mandan a comprar el pan. Así fue durante mucho tiempo. Hasta que las compañías aéreas inventaron aquello de que el que compraba un billete de primera clase entraba antes en el avión y, según cómo, pasaba antes por el control de seguridad. Después se generalizó en los parques de atracciones. Te comprabas un brazalete de plástico de colores y accedías antes que el resto a la casa del terror o a cualquier artilugio de los que marean. Ahora puedes pagar a voluntarios que hacen cola por ti para comprar una entrada de Justin Bieber e incluso -dicen- para hacer cola en el médico del seguro.

Todo esto lo cuenta Michael J. Sandel, que enseña políticas en Harvard y que ha escrito un libro precioso, Lo que el dinero no puede comprar , en el que cuenta cómo la ética del mercado se ha comido la ética de la cola y, en general, ha devorado muchas otras cosas.

Pueden comprárselo y leerlo mientras hacen cola cuando vayan al banco.

Cada época tiene sus decorados. Uno de los decorados de los años buenos de la burbuja fueron esos en los que se empezaron a abrir oficinas y más oficinas, hasta convertirnos en el país más “bancarizado” de Europa. Eso quería decir que entrabas en una oficina y podías sentirte como en una boutique, por el dinero que se había gastado el decorador. O extasiarte ante la obra del último artista conceptual de la comunidad, colgada de la pared del despacho del director. Y estaba también la función social. Con la excusa de actualizar el saldo de la libreta, miles y miles de representantes de la tercera edad pasaban sus horas en la oficina de la caja de al lado, atendidos por un montón de empleados solícitos. Al abrigo de la intemperie.

Pero todo cambia. La primera vez que fue consciente de ello fue en una de esas oficinas de caja de ahorros reconvertida en banco por culpa de las fusiones. Pensó en el libro de Sandel. No había manera humana de saltarse la cola. Ni sobornando al empleado, que, por cierto, estaba fuera del alcance de cualquier cliente, aislado como Hannibal Lecter tras un cristal blindado. Lo intentó un día, dos, tres… Indefectiblemente, uno estaba obligado a hacer media hora de cola si quería ser atendido. Pensó en lo fácil: banco malo que había comprado caja buena. Todo era cuestión de esperar…
Pero le ocurrió días más tarde en su propio banco. Descubrió que la cola, esa cola de media hora, formaba parte de la nueva realidad bancaria. Se lo corroboró un farmacéutico, también en la cola, con mayor vista comercial que él. “Son menos gente, mucha menos, y ya me han dicho que siempre será así… Si yo pudiera, haría lo mismo”. Pero el farmacéutico no puede. “No tengo la sartén por el mango como ellos”, razonó.

Le dirán que espabile y que haga sus gestiones bancarias por móvil. Pero que no le engañen. Acabada la exuberancia, lo que queda es hacer cola.

(Publicado en La Vanguardia el 26 de octubre de 2013)

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