Vienen curvas

 

Educados en la cultura del silencio, a los empresarios se les pide ahora contrastar su posición con la realidad

“Ya ven ustedes… los agravios. ¿Los agravios son 9.000 millones? ¡Pues los pagamos si se callan de una vez!”. La frase es de Joaquín Leguina, preguntado esta semana por el conflicto Catalunya-España. Leguina dijo lo que en el fondo desea una parte importante de la opinión pública española (y una parte menos importante de la catalana), reducir el conflicto al mercadeo. “El problema catalán -ya saben- se arregla con algo más de pelas “. Se podía esperar algo menos irritante y más elaborado. Pero es así. Y objetivar el conflicto en cifras siempre tranquiliza.

Sin embargo, esa está dejando de ser la opinión mayoritaria, que percibe el conflicto como algo más largo y complejo. Lo dijo José María Aznar, que apareció esta semana para hablar de cosas sagradas, pero que en su voz interna tronaba: “Mariano, que estos se van”. O de Cristóbal Montoro, con ese “vamos a responder una a una a todas las falsedades de esa lista de agravios” (presentada por Artur Mas). Cuando los conflictos ascienden en la escala de Richter (ya han visto cómo los medios han convertido la advertencia de Duran Lleida en amenaza), conviene empezar a prepararse.

La inquietud no ha llegado a los mercados. Pero sí ha forzado ya a las tomas de posición empresariales. Como la del abogado Jaime Malet, que ha hablado en nombre de las empresas americanas para decir que se pueden ir. Mensaje matizado por otros colectivos multinacionales, que sí dibujan una nítida línea roja: la pertenencia a la UE. También ha hablado un grupo de empresarios interrogados por The New York Times , reportaje del que se ha destacado el mensaje de José Luis Bonet, de Freixenet (mejor quedarse), pero que incluye otros más matizados y alguno opuesto (casi mejor largarse).

Los empresarios catalanes, a los que el alejamiento histórico del poder administrativo (y el reciente equilibrio simbólico que han practicado) ha educado en el silencio, se ven forzados a pronunciarse. Y eso abre una etapa incómoda. No porque se esperen sorpresas (los intereses de una gran empresa regulada no son los mismos que los de una pequeña exportadora). Sino porque confrontan a los empresarios con su sociedad. Una cosa es una encuesta anónima. Otra retratarse.

Un tópico tranquilizador de la prensa madrileña es presentar lo que ocurre aquí como un todo totalitario: poder político, económico y mediático. Pero este país es más abierto y plural que eso. Es su fortaleza. Y quizás su debilidad. Habitualmente los procesos de secesión están capitaneados por una élite que suele buscar réditos en el proceso. Pero el catalán es, al menos en apariencia, un movimiento esencialmente de las clases medias. Tenaz y muy activo en las redes sociales. Amparado angélicamente en el derecho de voto. Para ellos ha llegado la hora del contraste. De atarse el cinturón ante lo que se les viene encima.
Pero que nadie saque conclusiones precipitadas. El desenlace no está escrito. Para decirlo como lo diría Leguina: cuidado, que lo que no mata engorda.

(Publicado en La Vanguardia el 19 de octubre)

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