Nostalgia

En la ciudad de mi infancia, la de los años 60, se vivía de madrugada. Si uno salía a la calle a las cinco de la mañana, se la encontraba llena de gente encogida por el frío que iba o  volvía del trabajo. Era la ciudad en la que los telares no se dejaban nunca de oír. Y cuando llegaba la hora de la cena, si te tocaba poner la mesa, lo primero que tenías que hacer era apartar libros con títulos tan esotéricos como “Teoría y práctica de tejidos”.
La ciudad de la que hablo era Terrassa, y lo que acabo de hacer es una exageración. La memoria hace que las cosas se idealicen. Sobre todo cuando han desaparecido y las echas de menos.
Pero lo cierto es que aquella era una ciudad con una densidad empresarial, un tejido industrial de una dimensión sideral si se lo compara con lo que es ahora. Una ciudad sin paro, en la que los técnicos competentes saltaban de una empresa a otra sin muchos problemas. Donde los encargados arañaban horas para montar su propia empresa.
Ni Terrassa, ni Sabadell, Mataró, Badalona o Igualada han tenido la novela de su agonía como ciudad textil, al contrario que Prato, primer núcleo textil italiano (La historia de mi gente, Edoardo Nessi). Pero Prato se murió en los plácidos 90, mientras que las textiles catalanas se hundieron en los tumultuosos 70. Todo fue hacia abajo hasta que llegó Mango. Y entonces se puso de moda decir que el nuevo textil era logística, informática e interiorismo. Nadie hablaba ya de fábricas. Los años de euforia inmobiliaria y financiera hicieron el resto.
Se ha publicado esta semana un informe de la OCDE que pone en evidencia que los trabajadores españoles e italianos son los menos formados (en matemáticas y comprensión lectora) de los 24 países que integran la organización. Y que, por lo tanto, la capacidad de ambas economías para ganar competitividad y recuperar el terreno perdido en el futuro es mínima. Los buenos economistas dicen que el secreto de las sociedades que funcionan son siempre una mano de obra relativamente formada y una alta densidad empresarial. Aquí hemos confundido lo primero con la universidad y hemos dejado escapar lo segundo.
No quiero que se me malinterprete. Algo se hizo muy mal en aquellos años de declive textil. Esta era una economía cerrada y el textil, casi en bloque, descubrió que era un sector obsoleto y sin capacidad para competir. ¿Pero hacía falta un paréntesis tan repentino? Esta misma semana, las patronales textiles
han celebrado que se hayan cubierto las 27 becas para ingenierías textiles. Lo han celebrado porque en el 2010 estuvieron a punto de cerrar por falta de alumnos. ¿Cómo hemos podido estar tan ciegos?

(Publicado en La Vanguardia el 12 de octubre de 2013)

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